Una etapa superior del cohete Falcon 9 de SpaceX, que llevaba 18 meses derivando por el espacio, tenía previsto impactar la superficie de la Luna el miércoles 5 de agosto. El choque debía generar una nube de material eyectado y un cráter. Más que un espectáculo, el evento ofrece una oportunidad para estudiar los riesgos que enfrentarán los astronautas y los equipos de las próximas misiones de Artemis.
La predicción ya tenía una ubicación y una hora concretas. El objeto, identificado como 2025-010D y también como 62719 en el catálogo de satélites, es una etapa superior de Falcon 9 con una masa estimada de entre 3,900 y 4,000 kilogramos, es decir, cerca de 4 toneladas. El impacto estaba previsto cerca del cráter Einstein, en el borde occidental de la cara cercana de la Luna, aproximadamente a 15° de latitud norte y 88° de longitud oeste.
La ventana estimada era de las 06:34 a las 06:35 UTC del 5 de agosto. En la Ciudad de México correspondía aproximadamente a las 00:34 a las 00:35. La hora prevista describe una predicción de trayectoria, no confirma por sí sola que un telescopio haya registrado el destello ni cuál fue el resultado observado.
La velocidad correcta cambia por completo la escala del evento. La etapa debía llegar a la superficie a unos 2.43 kilómetros por segundo, equivalentes a aproximadamente 5,400 millas por hora. Eso es cerca de siete veces la velocidad del sonido. Como la Luna no tiene una atmósfera que frene el objeto, el impacto se estimaba en una energía equivalente a 3 toneladas de TNT. El cráter proyectado podía alcanzar hasta 27 metros de diámetro y unos 5 metros de profundidad.
Observarlo desde México no era una garantía. Las Américas tenían las mejores condiciones generales para intentar seguir el fenómeno, pero el destello no debía ser visible a simple vista. Un telescopio suficientemente sensible podría detectar un destello óptico durante unos minutos, dependiendo de la geometría lunar, la iluminación del lugar y las condiciones de observación. Una columna de material eyectado es algo distinto. Para buscarla pueden hacer falta cámaras de alta cadencia, observaciones infrarrojas o filtros especializados.
En México, el Observatorio Astronómico Nacional de San Pedro Mártir, de la UNAM, cuenta con telescopios de entre 0.84 y 2.1 metros y equipos robóticos usados para fenómenos transitorios. El Observatorio Astrofísico Guillermo Haro, en Cananea, dispone de un telescopio de 2.12 metros y una cámara de infrarrojo cercano. El Gran Telescopio Milimétrico, en Sierra Negra, Puebla, también podría considerarse para seguimientos en otras longitudes de onda. Estas capacidades permiten intentar observaciones, pero no implican que el evento sea detectable desde cada instalación.
1. El impacto directo amenaza hábitats y equipos. Una base lunar no solo tendría que resistir el entorno natural. También debería considerar la posibilidad de que una nave, una etapa de cohete u otro objeto artificial golpee la superficie a gran velocidad. Medir el cráter y la energía liberada ayuda a estimar qué tipo de protección necesitarían los futuros refugios y vehículos.
2. Un destello puede afectar las observaciones. Una colisión cercana puede producir un resplandor intenso. Para una misión que dependa de cámaras, sensores o instrumentos ópticos, ese destello podría cegar temporalmente los equipos o complicar la interpretación de los datos.
3. El material eyectado también puede alcanzar la órbita. El impacto no termina en el punto donde se forma el cráter. Parte del material expulsado puede interferir con naves que sobrevuelen la Luna o permanezcan en órbita. Por eso los investigadores estudian tanto el riesgo de recibir un golpe directo como el de atravesar una nube de partículas.
La Luna ya tiene precedentes de este problema. En marzo de 2022, un cohete chino Long March 3C también impactó la superficie lunar y dejó un cráter de unos 29 metros de ancho. A medida que aumenten las misiones no tripuladas y los planes para construir instalaciones en la superficie, será más importante catalogar los objetos, seguir sus trayectorias y evitar que nuevas etapas queden abandonadas en rutas de riesgo.
Bill Gray, creador de Project Pluto, fue la primera persona en calcular la trayectoria de esta etapa Falcon 9. También participó en un estudio preliminar sobre el choque junto con Benjamin Fernando, investigador del Los Alamos National Laboratory. El objetivo es probar métodos para medir las propiedades del destello, localizar impactos mediante señales sísmicas y comprender mejor los peligros que los residuos espaciales representan para la infraestructura lunar y los astronautas.
La pregunta útil no es cuándo se limpiará toda la órbita lunar. No existe un calendario único ni una operación definida para retirar todos los objetos de esa región. La prioridad es saber qué hay allí, predecir sus trayectorias, reducir los abandonos y diseñar misiones capaces de operar con mayor seguridad. Para seguir la evolución de la predicción y sus actualizaciones, la referencia oficial es JPL Solar System Dynamics y su sistema Horizons. Entender estos riesgos desde ahora puede ayudar a que las futuras bases lunares sean más seguras antes de que lleguen los primeros habitantes permanentes.






